Me fui muy contento con el librito bajo mi brazo. Pero al llegar a mi casa, y al comenzar a hojearlo, se me fue toda la alegría. Lo primero que advertí fue que faltaban algunas de las primera hojas en blanco con las que empiezan todos lo volúmenes de calidad superior, en una de las hojas sobrevivientes encontré rastros de tinta de un sello que seguramente tendría la hoja faltante contigua. Al final del libro también observé que habían sido arrancadas otras hojas en blanco. Una observación mas detallada me permitió encontrar la prueba que temía, una de las hojas del centro del libro tenía el sello de una biblioteca popular y el número correspondiente a su catálogo. Había comprado, de buena fe un libro robado... Busqué en el resto del libro, sin hallar ningún dato adicional sobre esa biblioteca.
Lleno de indignación, lo primero que se me ocurrió fue regresar a la librería e increpar duramente al librero por haberme vendido un libro robado. Sin embargo, ¿qué lograría con eso? A lo sumo que me devolviera el importe pagado... Y el libro continuaría en su poder con la posibilidad intacta de que el inescrupuloso comerciante se lo vendiera a otro incauto. Y lo que es más importante, el libro no volvería a su autentico dueño, los lectores de la biblioteca.
Decidí buscar la dirección de la biblioteca para realizar yo mismo la devolución. Dado que el único dato que tenía era su nombre, lo Googlié y ante mi frustración aparecieron varias bibliotecas populares con el mismo nombre en localidades muy dispersas, tales como Bernal, Gral. Pico, Necochea, Suipacha, Baradero y algunas más.
A las bibliotecas que publican sus direcciones, mañana comenzaré a escribirles... Cuando ubique a la que es la dueña del libro, se lo enviaré de regreso... Si los libros tienen corazón, seguramente su almita de papel se sentirá muy contenta de volver a su hogar.