lunes, marzo 22, 2010

La conducta de los perros moribundos

A veces los mecanismos de la memoria son misteriosos e inescrutables. El otro día que la humedad y la temperatura hicieron que todo hediera a pestes y a orines viejos y reconcentrados, un malolinte Perramus me hizo recordar al Bobby, un perrazo negro de raza incierta y de ojos amarillos, que me acompañó en mis correrías infantiles por los baldíos de Don Torcuato.
Un día, el Bobby no apareció, y consulté a mi tío Felipe, que en verdad no era mi tío ni tampoco se llamaba Felipe, quien me dijo que el perro andaba ya viejo y enfermo, y que seguramente se habría retirado a un lugar solitario para morir lejos de la gente. Lo miré con rabia, porque la angustia de no comprender se convirtió en un sentimiento áspero dirigido a hacia quien me refería aspectos tan extraños de la vida. Con la parsimonia que da el saber transmitido de generación a generación, por lo menos yo lo interpreté de esa manera, me explicó que los perros, por una cuestión de autoestima o pudor, eligen morir de ese modo para evitar el escarnio del espectáculo público de su propia decrepitud.
Mi padre tenía su propia versión, morían de ese modo a fin de evitarle a terceros la molesta y afligente carga de tener que ocuparse de sus restos mortales.
Ambas explicaciones, tal vez intercambiadas o tergiversadas en los detalles por la mala memoria, describen, quizás; con más acierto el alma japonesa, que la conducta de los perros moribundos.