Un día, el Bobby no apareció, y consulté a mi tío Felipe, que en verdad no era mi tío ni tampoco se llamaba Felipe, quien me dijo que el perro andaba ya viejo y enfermo, y que seguramente se habría retirado a un lugar solitario para morir lejos de la gente. Lo miré con rabia, porque la angustia de no comprender se convirtió en un sentimiento áspero dirigido a hacia quien me refería aspectos tan extraños de la vida. Con la parsimonia que da el saber transmitido de generación a generación, por lo menos yo lo interpreté de esa manera, me explicó que los perros, por una cuestión de autoestima o pudor, eligen morir de ese modo para evitar el escarnio del espectáculo público de su propia decrepitud.
Mi padre tenía su propia versión, morían de ese modo a fin de evitarle a terceros la molesta y afligente carga de tener que ocuparse de sus restos mortales.
Ambas explicaciones, tal vez intercambiadas o tergiversadas en los detalles por la mala memoria, describen, quizás; con más acierto el alma japonesa, que la conducta de los perros moribundos.
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