
Pero, no. Ese que toca la flauta dulce no es Ian Anderson, del que sabemos, continúa dando giras usufructuando el nombre de Jethro Tull y convertido una triste rémora de su propio pasado, en un pálido reflejo de lo que una vez fue, en una ridícula parodia de sí mismo.
Ese viejito, que sentadito en un banquito frente a un tachito en cuyo fondo se observan algunas monedas mezcladas con billetes de 2 pesos. Ese que enfunda impecables calcetines blancos, impecables alpargatas blancas y viste humilde pero dignamente su impecable camisa tambien, oh casualidad, blanca. Si, vos, que tenés el pelo blanco, y mas blanca aún tu cara, empalidecida con talco o ceniza, a la manera de los ascetas hindúes. Sí, vos, que soplás la flauta. Porque vos no tocás, solamente soplás, de manera que, sólo ocasional y accidentalmente surge de tu flauta alguna nota inteligible y feliz. Como tambien surge esa maraña de sonidos sin ningura estructura ni organización ni cadencia ni ritmo que dejen adivinar la inteligencia de una melodía. Aún así, vos hubieses sido sucedáneo mas decente del otrora genio movilizador del grupo más original de la escena progresiva inglesa de los 70's.
Y no esa vaca regordeta, que esconde su pelada bajo un pañuelo atado a lo corsario, con esos bigotes candado, tan georgemichaelísticamente gay, y esa expresión fascinerosa y cansada, tan actor-porno-veterano-que-está-de-vuelta que se garchó a diosiamariasantísima, pero que está de vuelta aquí entre pobres mortales a fin de brindarnos, a cuentagotas migajas de su invaluable personalidad y mendrugos de su genio descomunal. Gordo mofeta que ursurpa el nombre de Ian Anderson.
El asceta hindú, está sentadito, no se balancea parado sobre una pierna como un flamenco o una garza catatónica, está solamente ahí, sentadito, las rodillas y los pies juntitos, la espaldita recta, no encurvés la espalda cuando te sentés nene que te va a salir una joroba. La audiencia no es la de The Isle of Wight Festival, sino ocasionales peatones, transeúntes apurados y turistas de todos lados, que pululan por la Lavalle peatonal. Los sonidos (porque eso no es música, ni siquiera intentos vanos de afinación) son en realidad una sucesión absurda de soplidos sin solución de continuidad, no es Bouree, porque Nothing is Easy, My God ...
Un relámpago. Una intuición me atraviesa como un rayo.
El, si él, es un Maestro. Un hombre santo. Un buscador de la Verdad que ha encontrado Algo (Cualquiera de Esas Cosas TRAN-CEN-DEN-TES Que Se Escriben con Mayúsculas). Es guardián de un conocimiento incomunicable o testigo de una experiencia intransferible. El sonido de su flauta, una metáfora. Del absurdo universal. De la inviabilidad de la comunicación. De la inutilidad de tratar de comprender absolutamente nada ...
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